4.30.2005

AB IRATO

No estoy solo, me persiguen unos Ojos;
me observan, todos ellos me delatan,
y delatan que no existo en realidad.
Lo he calculado, de ellos es el juego,
no siempre lo he sabido, he sido el inocente,
su prisionero, un títere hecho de sueños,
colgado en la ventana del jardín,
un jardín que han creído que es el suyo,
con los huesos y cabezas de infelices.

He caído ahora, he caído en un silencio
hacia el centro del planeta. Soy fuego.
Los Ojos me imaginan condenado,
una sombra de la noche, que no siente
y que yace todavía en la ventana,
sosteniendo una espada de madera,
burdo juguete de esos dioses,
señores de lo oscuro y la impiedad.

Son sabios, sin embargo, aquellos Ojos.
Su mirada de desprecio es conceder
la duda al ver la sangre de los mártires.
Ellos saben lo que aconseja
el silencio puro de la tristeza;
saben acerca de la voluntad humana,
vigorosa razón que no perdura,
pero saben también que la noche
nunca es demasiado oscura
para aquel que no puede ver.

Esos Ojos que viven infinitos
en todos los rincones de este mundo,
me han regalado la vida
y me han quitado la muerte.

He huido ahora de esa plaga cruel
y de los humores asfixiantes
que desechan cada momento al respirar.

Soy fuego y de la tierra he despertado
para vengarme de los hijos de la peste;
cubriré los cielos con los míos,
y esos mismos serán mis prisioneros;
andaré por los desiertos vacíos
y los cubriré con mis enojos.

Soy luz ahora, una luz resplandeciente
y cegadora ante los Ojos olvidados
que nadie ha conocido como yo.
Y mi andar no ha concluido;
aún ellos me persiguen, aún existen esos Ojos,
me observan, todos ellos me delatan,
y delatan que no existo en realidad.

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