4.30.2005

SONETO PREMIER

En una gran hoguera provocada
reuniré a los demonios de este día,
y su olor, sus cenizas y agonía
mezclados con mi aliento, serán nada.

En mi eterno rincón, lejos del frío
y lejos del mundo, en señor del fuego
me torno, y en verdugo, un dios ciego
de ciudad que condena el hastío.

Es toda cruel rutina, hija del mal
que habita en esa urbe que la anida,
un demonio con dientes de metal
que engulle cada hora de mi vida;

y la amargura dulce, nicotina,
es el placer mortal que lo elimina.

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