5.28.2005

Insanías III



Miren el cielo. Quedarse ciego es un placer que imita la ignorancia. Si el azul atrapa su pensamiento, si la imaginación es dulce, si la vida les alcanza, dibujen corazones en las nubes. Al cerrar los ojos, toquen con sonrisas ese sueño, despréndanlo de las manos de la vida. Si sus dedos aún existen, acaricien la infinita comprensión que se envuelve entre sus párpados, oigan las voces que entre sedas les cantan mil canciones. Cuando el aroma de su aliento se escape entre tristezas, y cuando su alma alcance las estrellas, sólo sigan las estelas de sus sueños, vivan entre ellas, tras sus ojos, y cuando un día vuelvan a existir, sabrán lo dulce que es la vida, como dulces son los sueños, y como dulce es el morir.


5.22.2005

EPISTOLARIOS I

(...)

Reconozcamos la realidad de la vida, sus limitados presentes, sus contados pasados y sus infinitos futuros. Lo contemplamos todo bajo el ojo del presente, y lo bello del mismo, sea que lo hayamos procurado como tal, entonces será satisfactorio, y para mañana será el recuerdo igualmente así.

Imaginemos el hecho de que me llegue una bala perdida o me apuñale un ladrón. Mi muerte habrá sido con el recuerdo de la satisfacción de ayer, pero con el enojo y el miedo del momento de mi muerte, claro. Lo realmente trascendente no habrá sido mi ayer, sino lo que hizo que me encontrara en la circunstancia en que fui muerto, y veo entonces que el sentimiento más fuerte de regocijo, rabia o tranquilidad, va a darse en mi muerte.

La satisfacción de ayer habrá quedado en el ayer y en el hoy, futuro de ayer. De hecho, no podría haber adivinado lo que iba a pasar, pero tampoco era imposible que sucediera. Esta satisfacción, casi secundaria, no tiene un momento de forzosa quietud. El recuerdo, siempre relativo, va a trasladarse en el tiempo y va a detenerse en la muerte, en donde no se recordará más, o ya no tendrá efecto alguno en mi vida, pues ésta ya no se dará. Asimismo, la serie de hechos, fortuitos o no, que llevaron a mi muerte, será importantes en el momento. Las dos cosas van a tener importancia en el día de mi inexistencia.

Lo relevante de una línea dibujada sobre un papel, va a ser el final de esa línea, la cual nos va a señalar cuán larga es. Es importante, tanto como el empiezo. La línea no va a existir si no existe un punto de origen y un punto de término. Si mi vida ha empezado, será igual de importante que mi nacimiento, mi muerte, porque en ella se medirá la longitud de mi felicidad, línea de vida, pero ésta concentrará su importancia en los mencionados dos puntos, y, dado que no tuve el control del día de mi nacimiento, queda considerar relevante a mi muerte.

Si tuviéramos un círculo, en el que el punto de inicio y el del final parecen no existir, tendremos una simple deducción, pensándolo como un fenómeno racional: el círculo no pudo dibujarse sin tener un inicio, pues sino no estaría allí.

Si el que dibujó el círculo es o no la misma persona en ese entonces, siempre estará conciente de que hay en algún lado un origen, aunque él mismo no pueda hallarlo. Respecto al fin, es obvio que también el círculo contiene uno. Cabe también la posibilidad de que el dibujante continúe dibujando el círculo, entonces no hay un final aún.

El círculo va a ser una línea infinita para todos los demás, pero no para el que lo trazó, a menos que pierda la conciencia de él mismo y de su acción. Es dios ante todos los que admiran la circularidad.

(...)

El hecho concerniente a mi vida, como ya dije, es el término de ésta, y me es inherente; tengo posibilidad de manejarlo. Sin embargo, luego de la vida, no puedo pensar racional ni lógicamente en algo, porque, sencillamente, luego de la vida, ignoro todo, y no puedo preocuparme (al no tener hechos comprobables) en algo que desconozco.

5.11.2005

El Viento



Yo tuve alguna vez al viento
en mis manos,
congelando mis dedos,
y no pude verlo.

Y lo tuve dentro mío
en mi pecho,
escapando por mi boca,
y no pude verlo.

Yo tuve alguna vez al viento
susurrándome al oído
el secreto de la vida,
y no pude oírlo.

Y lo tuve por las tardes,
secando mis lágrimas
con suaves manos
invisibles.

Y un día se fueron mis palabras
junto a él,
los recuerdos y los años,
todos ellos me dejaron.

Y desperté veloz
renacido en un aliento
alejándome de un pecho
que en tristeza repetía:
"Yo tuve alguna vez al viento".

5.04.2005

LA TARDE INVISIBLE




La tarde invisible
se metió entre tus venas.

Tu corazón helado vio morir
su reflejo,
tu vida dibujada al amanecer,
el rostro pálido escapando de la noche;
esa noche
que ocultó tus pensamientos
en las sombras de una calle
desolada.

Existen ecuaciones en la vida,
superiores a la mente y a las ciencias.

Ánimas, operaciones incompletas,
existen por la inútil matemática
de los días
sumados al latido que alimenta
el hábil condimento de la voz
que se apaga,
como rojo fuego ensombrecido
y devorado por la crueldad del sol
que se aleja.

La humedad, perpetuando los recuerdos,
en mi rostro hace mágicos deslices.

Prodigios mudos logran estas tardes,
y estas noches que enfriaron la tibieza
de tus manos,
y esa sangre que enfermaba tu destino,
y que sólo la mañana del ayer
vio vivir.