6.22.2005

LO QUE QUEDA DEL SILENCIO




La noche es nuestra, y este frío, esta quietud, esta penumbra con la que nos gusta envolvernos para salir a cazar nuestras miradas camufladas entre lo frondoso de nuestros pensamientos. Siempre supe que tus ojos me dirían algo aunque no traspases mis pupilas con las tuyas, y aunque las tinieblas oculten por completo tu rostro. No hace falta luz para escuchar tus palabras, ni voz para oír tus miradas. No hace falta tocar tu piel para sentirte cerca o para saber si estás distante.

Encenderé un cigarrillo. Disfrutaré viendo al fuego parir cenizas muertas que van cayendo como lágrimas del infierno. El humo siempre ha conquistado tus suspiros y ambiciones, y sé que en él incineras el dolor de estar aquí, sintiéndome también sin verme, odiando mi presencia, al igual que yo odio la tuya.

Luce lóbrega esta cita. Te aseguro que nadie nos entendería. Las personas nunca entienden lo que no pueden aprender, y ni tú ni yo les vamos a enseñar. El destino no nos hizo maestros, no lo seremos. Somos dueños de aquello que no cabe por los ojos o la mente. Somos los filósofos de lo inmundo. Está claro que fuera de estas paredes no hay más cosa que el mundo humano, y nosotros ahora somos más que eso: somos dos exiliados de la realidad.

Ni las caricias del viento lastimándote la cara pueden quitarte de mi lado. No pueden. Sólo yo conozco los placeres de tu alma, sólo yo reconozco la sonrisa impasible que se oculta entre tu piel cuando el vacío llena tu vida y tu corazón.

Criatura insolente que observas mi tortura, no eres sino el verbo desdeñado de una oración. Deja esta morada que repudia tu presencia. Deberías irte fuera de los tiempos y protegerte en el olvido. ¿Acaso no podrías hacerlo?. Veo tu sombra junto a mí. Maligna esa Luna que crea esas siluetas oscuras en la noche, arrastrándose como demonios condenados a estar siempre con nosotros, caminando en nuestros pasos, imitando cada movimiento con sus burlonas formas, recordándonos que existimos todavía.

Y tú provocas que recuerde lo que eres. Hace sólo unos momentos tuve una mejor compañía, y tú deseaste alejarla de mi lado. Obsérvala, su mirada se desliza ahora en las tierras que soñó junto a mí. La quiero mucho más que como supe hacerlo antes por ti, como el sueño que se prefiere antes que la realidad. Ella también era amante del fuego, y también le arrancaba cenizas a su infierno. Largas horas la miraba, extasiado, sumirse en los más lejanos pensamientos, en su silencio salvaje, sosteniendo entre sus dedos la colilla de un cigarro refulgente, como una diosa inmortal con el cetro que destruye cruentos mundos.

Esa piel sobre su cuerpo no protegía su existencia. Sus manos y sus dedos vacilaban al tocar la realidad. El idioma de esos dedos era la ciencia más divina, y tanto amaba yo sus dedos, que decían mil palabras, más que los silencios que la habitan esta noche.

Sólo has quedado tú conmigo, pero extraño su respiro, extraño su dolor viviendo en mí. Debo quedarme junto a ella, ver sus ojos navegando en el vacío, su boca abierta escondiéndome la vida, y sus dedos que no me dicen ahora nada.

Tu cetro ha caído hoy, mi diosa; tus manos me hacen falta, ya no tengo tus palabras, tus dedos están fríos. El fuego se ha extinguido... ¡Diana! ¡Diana!, maldita sea... ¿por qué me dejaste solo?...





Erick E. Estrada Q. (PoetaMuerto)

6.17.2005

Insanías IV



¿Se diría entonces

que la poesía y la sabiduría

consisten en convertir en bellezas

las tonterías?



(...moriré intentando averiguarlo)