7.25.2005

Insanías V



Poco después de despertar, poco después de desayunar, sentí el deseo de congraciarme con el Sol. Ya afuera, en el patio, fui testigo de la terrible travesía de un pulgón verde a través de 5 metros de suelo, cruzando en su camino una autopista de hormigas.

A lo largo de 30 minutos contemplé su caminar. Entre eternidad y eternidad el pulgón movía pata a pata su redondo y verde cuerpo, sorteando invicto todo ese tráfico, y yo, nervioso, pensaba que si alguna de las muchas hormigas se topaba con ella, la iba a llevar como postre; sin embargo, en esos 30 min. ninguna de las cientos de hormigas que pasaban se la encontró. El bicho se movía y se detenía cada cierto trecho. A veces soplaba el viento y él se aferraba estoicamente al piso, intentando llegar a su misterioso destino. El Sol me quemaba las manos, pero aquel ser me estaba poniendo los pelos de punta con su pausado avanzar. ¿Es tan escasa la probabilidad de que, en un área de 1 m2, 400 hormigas o más no se choquen con un pulgón verde que transita por ahí a paso de tortuga?. Pensé que aquello era extraordinario, pero casi al salir de ese río de puntitos cafés, uno de ellos hizo una trayectoria directa hacia el consecuente pulgón. ¡Qué horror!, ¡Hey, tú, corre, corre por tu vida!. Las antenas del insectillo tocaron las patas de mi amigo verde, le puso una pata en la cabeza y luego, con el desprecio más tranquilizador que vi en estos días, siguió su camino de largo y no le prestó más atención. El rastro de feromonas dejada por la hormiga fue seguida por algunas otras, pero le hicieron igual caso a aquel lento caminante. Ninguna le arrancó alguna de sus seis extremidades ni se la llevó en peso ni nada parecido. ¿No me había enterado que las hormigas comunes no comen pulgones verdes?. Era una posibilidad. Mi preocupación y ansiedad resultaron absurdas. Quizá él sabía lo que hacía y yo era un estúpido que creía que aquello era el fin de su mundo, por muy poco complejo que sea. Un error de percepción me había sumido en una gran angustia.


El aire se había llenado de una tibia paz que hizo que me detuviera a observar las nubes. Grandes cuerpos que semejaban dioses capaces de convertirse en cualquier cosa y tomar las formas más incongruentes. Ninguno de los dioses detuvo su camino. Tal vez yo era muy pequeño para que me vieran... tal vez.


Oí la voz de mi madre hablándome. Algo me decía y yo no entendía. Se acercó y, ya llegando a mi lugar, su pie izquierdo reposó por medio segundo sobre el suelo, esperando de seguro a que el otro pie haga lo suyo. En un instante, espacio y tiempo conjugaron una fórmula letal. Ya el pulgón verde, alejado de todos esos pequeños seres que le habían permitido vivir, era ahora sólo una insignificante mancha repartida entre el piso y la suela de un zapato. Centímetros más allá yacían también otras manchas más oscuras, de 5 ó 10 hormigas sucumbidas ante el mismo desastre.


Pensé que era mejor que todo siga su curso y que cada uno debía arreglárselas como le haya enseñado la experiencia. Más hormigas siguieron, y más pulgones también. Así era como sucedía, el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina y todo lo demás seguía como es necesario que siga. Me dí cuenta que había sido testigo de una calamidad de la que muy pocos se hubieran enterado, pero esos insectos no murieron en vano. Ahora yo estaba quieto y ya no era necesario estar ahí, tenía que hacer otras cosas y dejar atrás los muertos. Ellos no se detuvieron y era de suponerse que yo prentendía ser más listo. Ya llegaría el día en que yo también seré aplastado, e imagino que aquel gigantesco pie seguiría también su camino, después de todo, mi madre tampoco se detuvo.


Erick E. Estrada Q. (PoetaMuerto)

12:48 a.m. 25/07/2005

7.21.2005

Sin Título III


Aquellos se retuercen en dolores,
han ahorcado sus palabras con la lengua
y yacen como manchas en el suelo.

Aquellos lloran en silencio
y besan a la nada,
dibujan formas casi vivas
en las puertas de la noche.

El destino ha olvidado su pasado.
Su corazón está oxidado eternamente.
Aquellos no recuerdan ni sus rostros
ni el infierno que alimenta su penar.

Aquellos sobreviven en el tiempo
ahuyentando los delirios del hablar
y conviven con la gracia que separa
los silencios tontos
y el pensar.

7.02.2005

Sin Título II



La luz se desvanece,

éste brillo entre el alma y nuestra piel,

débil rayo que alimenta ajenos sueños

e ilumina las bondades de los hombres,

poco a poco entre estrellas se disuelve

y va dejando ciegas las miradas.




Ya no queda el resplandor,

ya no queda ni mi alma,

ya no queda

nunca más.